El ogro, la princesa y el príncipe

Grayville es una comarca con historias de ogros, princesas y príncipes; solamente que los príncipes no habitan en extensos feudos coronados de majestuosos palacios sino en estrechos apartaestudios equipados de camas sencillas, modesta mueblería e infaltablemente un computador portátil equipado con full conexión a internet para mantener el vínculo con el resto de la comarca. Nuestros príncipes no inundan sus sentidos con el fruto de la vid y la música de cámara, sino, con cerveza de marcas importadas y estridentes ritmos electrónicos apeados dentro de las micromemorias de cualquiera de los reproductores digitales que ofrece el mercado tecnológico. Nuestra especie de príncipes posmodernistas no lidian sus guerras en el árido campo de batalla armados de espada y escudo, sino, en cúbicas oficinas de imponentes edificios, sus armas son sus títulos universitarios, sus ropas de marca, sus cortes de cabello a la moda y sus modales estudiados e imitados según dicte la tendencia hollywoodense.

Nuestras princesas no habitan prisioneras en la torre de algún castillo, no dedican su quehacer a la oración y la meditación, no visten de seda ni son diestras en el arte de la música o la literatura; por el contrario, son cautivas en celdas estereotipadas por los medios masivos de comunicación que las mantiene ligadas a los grilletes de las dietas, las cirugías estéticas y el consumismo salvaje, dedican su diario quehacer a perder el lugar que la naturaleza les ha brindado colmándolas de fragilidad, sensibilidad y feminidad compitiendo hombro a hombro en el mismo campo de batalla de los príncipes. Sus ropas van cual vitrina de mostrador exhibiendo las intimidades de sus cuerpos, son diestras en el arte de la seducción y la manipulación.

Los ogros que rondan nuestra comarca no son verdes aunque poseen canecas llenas de verdes dólares, no visten de pieles de animales que ellos mismos han sacrificado, aunque, a muchos (y esto no es a animales) han sacrificado, no gruñen guturalmente para sembrar el terror pero su palabra es la ley, nuestros ogros no se deleitan escuchando la música de la naturaleza en el bosque, sino, con corridos norteños, música urbana y salsa que escuchan perturbadoramente desde los mega woofers de sus engalladas camionetas.

Inexplicablemente, ogros, princesas y príncipes diariamente se cruzan por las calles de nuestra comarca casi sin mirarse, casi sin percatarse el uno de la presencia del otro, paradójicamente uno y otro quisieran tener algo de lo que es su vecino de acera.

Es así como nuestro ogro, al que llamaremos Gilberto, se encuentra el día de hoy sentado en una fonda de moda en la zona T de nuestra comarca bebiendo whiskey en las rocas, acompañado de sus socios; debidamente escoltados por su sequito de orcos, cada uno debidamente armado, pues sabido es por todos que los ogros tienen muchos enemigos. La conversación fluctúa entre la planificación del próximo embarque de raíces alucinógenas a tierras muy muy lejanas y el precio a pagar por el soborno al alguacil encargado de la vigilancia de la aduana de frontera.

Gilberto mira a través de la ventana el desfile de princesas que forradas en sus diminutos trajes caminan presurosas y agraciadas, buscando con diligencia un medio de transporte unificado y masivo para llegar a sus casas. Su mente de ogro juega oscuramente especulando el precio que debería pagar por alguna de ellas para ponerla en su viejo plato de plata y comérsela. Su perfil mental de ogro comerciante responde una y otra vez que puede pagar el precio de cualquiera de esas princesas, por lo que su juego comienza a tornarse aburrido y poco interesante. Justo cuando está a punto de abandonar su entretención, una gacelilla princesa pasa frente a su ventana. Su gracia es inconmensurable. Gilberto hace una señal a su orco más cercano para que le traiga a esa princesa que lo cautivó, en el instante en que el orco se dirige a obedecer la orden; claro esta no sin antes dejar salir de sus sucios labios el consabido ¡listo patrón! La princesa entra en la fonda y se dirige al otro extremo del salón en donde la espera un príncipe apeado en su trajecillo de corte inglés y entretenido con su Smartphone de última generación.

—Hola, Juan fe —saluda la princesa gacela.

—Hola, Mafe —contesta el príncipe levantándose cortésmente para plantar un estudiado ósculo en la mejilla de ella.

Toman asiento, él ordena al mesero del lugar cerveza alemana y ella ginebra.

—¿Tanqueray o Bombay? —pregunta el mesero.

¡Tanqueray! Por supuesto; con hielo y rodajas delgadas de limón —aclara la princesa.

La conversación pasa por variados temas, desde la finalización de la última temporada de la serie de zombis que presentan por cable, atravesando por la más reciente fiesta electrónica en el bar gay de moda en donde probaron esas diminutas pastillas que los hicieron fornicar sin descanso por lapso de una hora, hasta el descalabro administrativo del reciente señor feudal a causa de sus tendencias políticas de izquierda.

Gilberto quien no ha parado de observar a príncipe y princesa, tras rechinar sus prótesis dentales dentro de su gran boca reitera la orden al orco quien tras el consabido ¡listo patrón! Se acerca a la mesa y sin más modales que su pintoresca presencia, dice:

—Princesa mi patrón el ogro quiere que usted se siente en la mesa con él pero sin su amiguito —y acto seguido lanza una mirada que hiela la cerveza del príncipe, las pelotas del príncipe y por supuesto la sangre del príncipe.

La princesa gacela sorprendida mira a la mesa del ogro y en secreto pregunta al helado príncipe:

—¿Ese no es Gilberto, el comerciante internacional de raíces alucinógenas; Gilberto, el que todos los días sale en el noticiario de la comarca?

—Claro Mafe, es el mismo —confirma el príncipe.

La princesa siente una catarata de adrenalina explotar dentro de su básico ser y a pesar de sentirse muy atraída por el físico trabajado, los modales elaborados y la superficial conversación del príncipe, sus piernas como un resorte se incorporan, le da un ademán de despedida al príncipe y completamente hechizada por el color y el olor verde de Gilberto se sienta con él a la mesa.

Cuenta la historia que Gilberto logró poner a la princesa en su viejo plato de plata tantas veces que en huesos la dejó, lastimosamente Gilberto cayó abatido un año después cuando un grupo élite de cazadores de orcos, tras exhaustivas pesquisas dieron con su paradero, pero, no antes eso sí, de sembrar su semilla en el vientre seco de la princesa que pronto dará a luz un príncipe-ogro. Eso claro está, es parte de otra historia.

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Por Adrián Benavidez
Nací en Florencia capital del departamento del Caquetá en el año 1972. Mi primer encuentro con la literatura se dio en el bachillerato por medio de la profesora de español, por supuesto terminé enamorado perpetuamente tanto de la profesora como de la literatura. Inicié estudios de física en la universidad, no obstante la frialdad de los números fue encendida por la fogosidad de las letras por lo que terminé graduándome de actor de teatro. Soy lector por vocación y escritor por misión.

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