Cuerda de palabras

Explicaciones no pedidas

Del libro Explicaciones no pedidas (2011)*

Las cicatrices

No hay cicatriz, por brutal que parezca,
que no encierre belleza.
Una historia puntual se cuenta en ella,
algún dolor. Pero también su fin.
Las cicatrices, pues, son las costuras
de la memoria,
un remate imperfecto que nos sana
dañándonos. La forma
que el tiempo encuentra
de que nunca olvidemos las heridas.

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Esperaba sucediera algo

Estaba parado sobre el andén, percibiendo los ruidos frenéticos de la avenida, donde veía transitar los carros veloces que pasaban como oleadas levantando polvo y papeles, mareándome. Sentí fatiga pensando qué hacer ahora. Miré hacia los cerros y me imaginé caminando ansioso entre el apretado bosque de niebla, asomándome a los abismos de los acantilados, pensando cómo la vida se me abría en otro abismo insondable sin saber qué hacer ni a dónde ir. Sentí que si caminaba desfallecería y me atacaría un vértigo. Me apoyé en un poste. La gente, que en ese momento pasaba de prisa, me miró y siguió presurosa a su jornada, a su diligencia, a su trabajo pensé.

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El encuentro

Si el alcalde se enteró por los rumores o simplemente lo descubrió, nunca se supo. El hecho es que el odontólogo apareció muerto de un tiro. La noticia corrió como reguero de pólvora por el pueblo. Había un muerto, el odontólogo; había un vengador celoso, el alcalde.

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Mi gran debut

“No joda, estos rolos van a quedar fríos cuando me vean”, decía Kocho mirándose al espejo con su increíble pinta: pantalón blanco impecable y planchado con la línea central perfectamente marcada, camisa guayabera adornada con enormes flores de colores muy vistosos, zapatos y medias blancas, chaqueta de cuerina amarillo encendido y en el pecho una vistosa cadena de oro golfi con una medalla de la Virgen del Carmen. El pelo lo llevaba peinado hacia atrás, pero como lo tenía un poco largo y su economía no le había dado para un buen corte, se lo engominó con agua de panela como había escuchado que la gente hacía; le pareció una buena solución aunque él mismo pensó que se le había ido la mano en cantidad, pues de movilidad más bien cero. Como no tenía loción se aplicó un montón de “Menticol”, que para él era lo mismo.

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El precipicio

¿Te imaginas? Allá en una orilla al final del mundo, mirando el precipicio con un poco de ansiedad y éxtasis, preguntándote qué hay en el fondo, en el abismo que puedes ver bajo tus pies, mientras sopla fuertemente el viento, el viento que arrastra el polvo y las hojas de desiertos desolados y vacíos en el alma, donde puedes morir en cualquier momento de sed, sed de amor, sed de vida, sed de él. Ha llegado el momento, estoy caminando con los ojos tapados por una venda imaginaria.

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