Los laureles del novel

Mientras afuera la gente sigue su vida sin pensar en su derecho a la muerte, García Márquez se va, dejando un gran vacío en el panorama literario. Más allá de haberse erigido como un símbolo patrio, al lado de la bandera y el escudo nacional (su efigie rodeada de mariposas amarillas al lado del cóndor y del canal de Panamá), su ausencia compete a los lectores-escritores o a quienes leen para ver el mundo de un modo más claro y con menos sesgo que el presentado en los medios de comunicación masivos o en las opiniones de quienes siempre creen tener la razón y no aceptan que nadie los contradiga.

Nuestro novel escritor no leyó del todo al nobel. Siempre se sintió intimidado por los hombros del gigante, a los que jamás se atrevió a subir. El realismo mágico no le era del todo ajeno, como nada de lo humano. Aunque conocía la sutil diferencia entre la verdad y la mentira, sabía que la realidad era de por sí hiperbólica en su continente, el que lo contenía en un balde de arena que se encontraba demasiado lejos del mar. El novel escritor no había visto el mar y lo rodeaban los árboles sobre las cordilleras. Había visto llover más de lo que cualquier otro escritor. Sin embargo, no se imaginaba a Macondo, ni a Isabel describiendo las diversas formas en que el viento moldeaba el agua precipitándose contra la tierra.

Cuando se enteró de la noticia, hacía lo que todo el mundo: mirar por los agujeros de las ventanas que dejaban abiertas los ciudadanos de la gran aldea virtual globalizada. Sabíamos que en cualquier momento podía morir, estaba postrado sin memoria como un anciano de 87 años a merced de la ciencia médica. “¡Adiós al gran Gabo!”, tecleó el primer internauta desde el tedio de su pantalla y los mensajes y las expresiones de cariño (el novel escritor no se atrevía a llamarlo por su cariñoso mote) se elevaban sobre la tierra, sobre la base de su mitología y se condensaban en las nubes anodinas del ciberespacio.

El novel escritor sintió que debía decir algo. No como fanático ni detractor de la poderosa pluma de pájaro exótico que delineaba el trópico con aroma a guayaba. Pensó en lo que tenía que pensar. Se sintió triste y se dio cuenta de que no había leído lo suficiente en vida del nobel para decir nada. Cuando murieron otros escritores que no había leído lo suficiente, se había sentido incluso aliviado de ya no tener que decir nada. No era este el caso, por primera vez se dio cuenta que debía pasar del segundo capítulo de Cien años de soledad y conocer al dedillo el linaje de los Buendía.

Recordó sus días de estudiante. Las clases de literatura en el colegio. Para cerrar la asignatura debía escoger un libro clásico y presentarlo ante su clase. La mayoría de sus compañeros optaron por los clásicos, clásicos; por los antiguos: La Iliada, La Eneida, La divina comedia, El Quijote... El suyo apenas tenía veinte años de haber sido escrito y ya lo conocían en medio mundo; esto le pareció un criterio suficiente para considerarlo un clásico. En su presentación leyó el segundo capítulo de Cien años, la llegada de Francis Drake a Riohacha que asustó a la bisabuela de Úrsula Iguarán al punto de hacerla sentarse sobre un fogón encendido; y una entrevista donde García Márquez cita parajes del mundo amazónico donde la voz humana desata aguaceros torrenciales.

Luego de intuir ese abismo de grandeza decidió no volver a leerlo porque quería escribir. Sabía que si caía en su embrujo hiperbólico, en sus sinécdoques del trópico, se perdería en el vigor y la verbigracia, en su instinto de narrador y en las formas laberínticas trazadas en las fauces de la ciénaga. Sin embargo, luego de recibir la noticia de su muerte, leyó Vivir para contarla, algunas de sus crónicas y algunos de sus cuentos de talante urbano. Pensó en escribir algo sobre el tema, pero prefirió cerrar la ventanita del computador y preguntarse por el sentido de escribir después de García Márquez: mantener el espíritu de escritor novel sin reparar en los laureles del nobel.

Por Andrés Gómez Morales
Promotor de lectura y escritura
Biblioteca Pública de Bosa

Datos biográficos: Promotor de lectura y escritura de la Biblioteca Pública Bosa. Antes de eso realizaba talleres de escritura en Biblored. Estudió Filosofía y realizó el Magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado ensayos, crítica literaria y cuentos en revistas y periódicos. Dejó de fumar luego de aprender a montar en bicicleta.

Imagen tomada de:
http://cincominutosmas.com.ar/listas/diez-cosas-que-no-sabias-de-gabriel-garcia-marquez/