El sol de los venados

La habitación tiene una ventana que da a la calle. Escucho caballos afuera, llegan a la pensión tal vez siete u ocho jinetes. La encargada ha cesado de dar su ronda en el corredor. Le contemplo, duerme tranquilo. Hace un par de días que llegó al pueblo. Vestía unos pantalones perfectamente planchados, camisa blanca y botas negras. Ya casi era mediodía y el sol estaba posado justo sobre la plaza. Bajó del caballo, miró alrededor y muchos niños curiosos que deambulaban por el pueblo se aproximaron a ver de cerca al foráneo. Se inclinó y preguntó algo a uno de ellos, quien le señaló primero la Alcaldía Municipal y luego en dirección a la Escuela. Yo, que había interrumpido mi lección sobre la fotosíntesis, fui sorprendida por la mirada del extraño quien, al verme en la ventana del salón, se quitó el sombrero, e inclinado como estaba, me saludó asintiendo con su cabeza. Se puso en pie, tomó al caballo por las riendas y se condujo hacia la Alcaldía. A medida que se alejaba, fijé mis ojos en su figura: era alto, de contextura gruesa, cabellos claros. Tenía las mangas de la camisa arremangadas y sus brazos estaban un poco enrojecidos; la mancha de sudor en el centro de su espalda indicaba que llevaba cabalgando largo rato, tal vez desde el amanecer. Enlazó las riendas de la bestia en el árbol que había a la entrada de la Alcaldía y su figura se perdió en la casucha.
 
Estaba inquieta por su presencia, no podía negarlo. El pueblo está bastante alejado del Magdalena así que no son muy comunes los viajeros ni los comerciantes, y la verdad, su aspecto no indicaba que se tratara de un hombre que buscara la fortuna en este pueblo. Tampoco la encontraría. Al voltear, el salón estaba al revés, Arístides y Pedro se estaban dando puñetazos en una esquina mientas otros les lanzaban bolas de barro y los pateaban. Otro rayaba las hojas de los cuadernos de los que se habían alejado de su asiento. Tres chicos le echaban tierra dentro de las ropas a Julio, quien sólo lloraba sin defenderse y le corrían lágrimas de fango por sus mejillas. Recién logré componer el salón, las campanas de la iglesia resonaron, la jornada terminaba.
 
El llamado del alcalde no se hizo esperar. Estaba yo acomodando lo que había quedado de una planta para la clase de las niñas cuando Arístides, con su pómulo izquierdo hinchado y enrojecido, trajo consigo una nota en papel color amarillo. Sin mayor formalidad, con pésima letra y peor ortografía, estaba escrito que, con el carácter de urgentísimo, se requería de mi presencia en la Alcaldía. Recorriendo el trayecto me preguntaba sobre la procedencia de aquel hombre, qué buscaba en el pueblo y, lo peor, qué tendría yo que ver, pues era evidente que la exigencia de mi visita al alcalde estaba relacionada con él. El alcalde lo presentó como Leonidas, Leonidas Baquero, enviado por el Ministerio de Educación como Maestro Nacional Ambulante. Precedido de un “Señorita”, Leonidas tomó con suavidad mi mano derecha y la besó en un acto de caballerosidad que apenas había visto en mi vida. La fascinación me envolvió, mucho más cuando de cerca vi el color miel de sus ojos, tal y como los había imaginado. Su mirada era clara y adivinaba en ella un hombre culto, seductor y lleno de pasión. La ensoñación se rompió cuando me percaté de mis manos, pues aunque las había lavado, debajo de las uñas aún tenía restos de barro. Al parecer esto a él no le indignó ya que sus inquietantes ojos abiertos no dejaban de mirar los míos.
 
Al ser yo la Directora de la Escuela, fui comisionada para acompañar al maestro por el pueblo y presentarlo ante los vecinos. De tradición conservadora, ninguno en el pueblo quería estar cerca de un promotor de la reforma liberal. Respetuosamente me negué, aunque mis razones eran diferentes a las de los demás: su presencia me resultaba inquietante, su figura era llamativa, a su lado un brío intenso atravesaba mi cuerpo. No valió sacar a flote mis múltiples ocupaciones, como la visita a los padres de las niñas que no volvieron a la escuela, la preparación de mi informe para el Inspector Provincial, la clase con las niñas en las horas de la tarde. Por su parte, Leonidas le recordó al alcalde que, en virtud del Artículo 6° de la Resolución Número 15 de 1936, le era prohibido permanecer con las maestras en espacios diferentes al de la escuela. El alcalde respondió que en la capital mandaban los liberales pero que en ese pueblo la autoridad era él y que además nadie se lo contaría a Luis López de Mesa.
 
Esa misma tarde recorrimos el pueblo. Le llevé con el cura, previniéndole antes sobre su poder ante las autoridades y las gentes, éste lo confesó y lo invitó a comulgar el domingo siguiente en la homilía. Al salir de la iglesia, Leonidas me contó de la educación de los salesianos y las aventuras con sus compañeros de la Normal: leían libros impropios, se escapaban para visitar casas de señoritas que ofrecían sus amores a cambio de unos cuantos centavos y que además hacían rebajas a los estudiantes. A veces iban en compañía de profesores a quienes las señoritas complacían sin contraprestación; algunos normalistas que lograban hacerse al amor de ellas, prometiéndoles que al establecerse en un buen puesto las sacarían de allí, obtenían estos placeres gratis.
 
Llegada la tarde le invité a pasar. Compartimos por largo rato aunque en realidad fue él quien más habló. Era divertido y sus palabras eran pinceles gruesos y finos, me hizo sentir como si hubiese vivido en Bogotá toda mi vida; imaginaba sus edificios, sus casas coloniales, sus calles y plazas, unas muy limpias y otras llenas de podredumbre y excrementos; quería ser una dama bogotana vestida con hermosos vestidos de seda, blusones con encajes, mantellinas y delicados tocados. Inconscientemente había cruzado mi pierna derecha sobre la izquierda y mi vestido amarillo se había recogido. Sin disimulo, fijó su mirada en mis pies, mis tobillos y comenzó a ascender. Su rostro ya no era el mismo, se había transformado, su cara estaba en llamas, sus pupilas se dilataron y su respiración era agitada. Había oscurecido y le indiqué que debía irse. Como un gato contra su presa, lanzó un zarpazo y su mano se posó sobre mi rodilla. Ni siquiera grité. Deslizó su mano hacia mi vagina y la palpó sobre el vestido. Me estremecí al tiempo que separaba mis piernas. Con la otra mano y sin violencia acarició mis pechos, siguió su redondez. Quería sentir su piel, así que traté de subir mi vestido, descubrir por completo mis muslos, pero no me lo permitió y al cabo de unos instantes retiró su mano, tomó su sombrero y se fue.
 
Esa noche no dormí. Sólo pensaba en él, en lo delicioso de su inmoralidad. Deseaba que estuviera ahí de nuevo. En medio del sofoco que me producían estos pensamientos, recordé la noche que, en el internado de las monjas, Teresa saltó a mi cama como si fuera una pantera, iluminada apenas por la luz de la luna, me arrebató las mantas, se puso sobre mi vientre y sujetó con violencia mis manos sobre mi cabeza. Ella era más grande y más fuerte que yo, y en ese instante tampoco me opuse. Nos mirábamos fijamente, yo estaba complacida por su presencia, deseosa de sus caricias y su rostro rabioso y temeroso a la vez. Teresa se sintió segura conmigo y deslizó sus manos por mi cara, mis pechos emergentes y llegó allí, a mi vientre bajo.
 
Al día siguiente no supe de él. Y hoy, cuando todo parecía tranquilo, lo vi llegar de la correría del día. Fue recibido con júbilo por algunos niños. De la Oficina de Correos recogió algunos paquetes que le había enviado el Ministerio. Pensé que tal vez traería algo para mí y que ese era el momento en que podríamos hablar sin levantar sospecha. No fue así. No fue a la escuela. Me sentía turbada por el evento de la otra tarde y decidí entonces que no podía seguir así, lo buscaría esta noche. No quedarían más de tres días antes de su partida.
 
Esa noche me puse un vestido rosa y zapatos negros; no son muy altos, tienen un moño y son escotados en la punta, lo que deja ver algo de mis dedos. Tanto el vestido como los zapatos estaban reservados para una ocasión especial. Me apliqué lo que quedaba de un labial rosa y esperé a que oscureciera. Salí por la parte trasera de la escuela, llegué a la albarrada, hice una pausa y cuando vigilaba que no hubiese nadie, una mano tapó mi boca y fui halada hacia atrás. Se trataba de un hombre, sentí miedo y excitación a la vez. Era él, pensé, tenía la certeza de que era él. Sentí un aroma a tabaco y agua de colonia. Olía mis cabellos cuando me di media vuelta, nos miramos a los ojos y sonreímos. Subimos a su caballo y llegamos a esta pensión a la salida del pueblo. La encargada, una mujer gorda y de cabellos rubios apenas nos miró.
 
Luego de indagar por nuestros nombres y de cobrar por adelantado el costo de la estancia, nos condujo a esta habitación donde apenas hay una cama, una mesa de noche y otra con una silla cerca de la ventana. Tan pronto como tomé asiento en la orilla de la cama, Leonidas se lanzó sobre mí y nos besamos con agresividad. Sus besos son mejores que los que me daba Teresa. De repente estábamos en el suelo, yo encima suyo mientras acariciaba con fuerza mis piernas. Sentía cosquillas en todo el cuerpo que se avivaban entre más acercaba mi vagina a él; su pene se iba inflamando cada vez más y se tornaba tan tieso como el tronco de un árbol. Me preguntó si lo había hecho antes y yo le respondí que no. Tampoco era el momento para contarle lo de Teresa. Ante esto hizo una pausa y por un momento pensé que huiría como la otra tarde. Pero no, con dulzura me dijo al oído que si él iba a ser el primero, éste sería mi más bello recuerdo. Luego desabrochó con calma cada uno de los botones de mi vestido. Yo quería hacer lo mismo con su camisa pero me detuvo; dijo que esa noche él lo haría todo por mí. Me retiró el vestido y las medias suavemente, con sensualidad. Sus besos se tornaron pausados, lo hacía sólo con sus labios, de cuando en cuando inhalaba profundamente y junto al vaho de su exhalación dejaba salir su lengua, deslizándola por mis senos, por mi vientre, por mi vagina... Luego se desnudó, me dejó ver su amplio pecho, su piel era dorada por completo, su pene era grande, se veía rígido y de él salía un líquido espeso y satinado. Se recostó sobre mí, me tomó del cuello y me besó en los labios. Yo acariciaba su espalda y le abría paso a su pelvis entre mis piernas. Nos tomamos de las manos, me dio el más profundo y hermoso de sus besos y nos hicimos uno.
 
Sus movimientos eran lentos y en pocos instantes nos movíamos siguiendo el mismo compás. Su presión dentro de mí disparaba oleadas de calor que se difuminaban en mi vientre y aceleraban mi corazón. Leonidas, navegante en mis aguas, en la inmensidad de mi mar espeso y rebosante. El cuerpo se le iluminó, los poros de su piel se abrieron como ventanas esperando el sol de la mañana. Me acariciaba con cada parte de su cuerpo, sus manos exploraban porciones de mi piel que ni siquiera yo había tocado, esta noche me hizo recordar sensaciones, colores, sabores y olores. A mi mente llegaron las imágenes de relámpagos internos de norte a sur, de oriente a occidente, el recuerdo del primer sol de los venados que mi abuela me mostró cuando tenía seis años, el sabor de la jalea de guayaba, la textura de los pétalos del girasol y el olor de las orquídeas. Sentí que iba a estallar, que moriría y fue cuando algo de él se esparció dentro de mí, lo pude sentir bañando mi vientre, candente, gratificante, liberador y yo lo seguí...
 
Lo contemplo descansando. Soy la flor que en época de sequía ha sido regada temprano en la mañana, soy el viajero que halla el oasis en medio del desierto. Escucho los pasos de la encargada de nuevo, se acerca presurosa. Ahora mismo la puerta se abre. Entran tres policías, el cura, el alcalde y dos vecinos notables... Me destituirán.
 
Por María Emma Guerrero
Taller de Creación Literaria para Adultos
Biblioteca Pública El Tintal Manuel Zapata Olivella
 
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