El azar no existe en el universo

Édgar encontró la dirección de la Clínica Experimental del Sueño cuando la luz de la tarde comenzaba a declinar; quedaba en una esquina de un barrio apartado, un edificio sencillo de ladrillos con un aviso que anunciaba su función: aliviar los desarreglos del sueño. Atravesó el umbral y encontró una sala de espera blanca y amplia, con asientos cubistas de colores fuertes forrados en cordobán. Allí se encontraba otro paciente, una mujer joven, vestida con chaqueta negra y jeans gastados. Lo único extraño en ella era su aire ausente, sus cabellos desordenados y su mirada perdida, “casi como de ahogado”, pensó Édgar, sintiendo un escalofrío.
 
Tomó asiento no muy lejos, pero tampoco cerca de ella. Estaba aterido de frío y muy cansado, como siempre, últimamente, en su lucha perenne por no dormir. Le hormigueaban las manos, su cabeza palpitaba con un dolor atravesado por relámpagos de sangre. Suspiró. Era el último intento que hacía por recuperar su salud mental, después de la romería por médicos, psicólogos, psiquiatras, sanadores y chamanes de todo tipo.
 
Transcurrieron cuarenta minutos aproximadamente y los dos pacientes continuaban mirándose de soslayo; a esa hora la recepcionista había terminado su jornada laboral y debían esperar al director de la clínica, quien los atendería personalmente. La espera era tediosa. Édgar luchaba por mantener los ojos abiertos. En un intento por ser amable, le sonrió a la joven y le preguntó por qué se encontraba allí. Ella contestó con una voz susurrante, como corrientes de agua, que desde hacía meses soñaba siempre con un hombre que la había enamorado, “el amor de mi vida”, dijo, y por ello sólo deseaba dormir, soñar, estar con él, encontrarlo allí en el cosmos alterno de su mente. Lo describió como algo físico, casi material, algo que había trastocado su razón de vivir. Había dejado sus estudios, sus amigos y su familia. Describió su situación como “insostenible”.
 
Édgar le contestó que su situación también lo era, pero, por el contrario, en sus sueños lo perseguía un hombre que intentaba matarlo. La amenaza era tan ominosa y violenta que él se resistía a quedarse dormido. Al borde del colapso físico y mental, necesitaba descansar, pero no lo lograba sin entrar de nuevo en la persecución de la cual era víctima.
 
El director de la clínica aparece, de blanco impoluto hasta en su cabello, su voz profunda, casi hipnótica. Los saluda amablemente y les informa que esa primera noche sólo descansarán en los “cubículos”, especies de cuartos muy pequeños y sin ventanas, diseñados únicamente para dormir; sin televisión, teléfono, celulares, ordenadores, ni luz eléctrica a partir de las nueve de la noche, y cerrados con llave por fuera, para evitar interrupciones en el sueño de los pacientes.
 
—En la mesa de noche encontrarán una libreta, un estilógrafo y una linterna, en caso de que consideren interesante apuntar algún sueño. El verdadero tratamiento iniciará mañana temprano.
 
El director les habla de los templos griegos dedicados al dios Morfeo, a los cuales acudían los antiguos para obtener curas del alma y del cuerpo por medio del dormir y del soñar; de las sanaciones e iluminaciones recibidas por la humanidad a través de los siglos por medio de los sueños, de las profecías y los avisos de seres divinos a través de imágenes oníricas, del inconsciente freudiano.
 
—El azar no existe en el Universo –les dice–, sólo es una invención humana. Todo lo que nos sucede en los sueños tiene un sentido, es un mensaje del inconsciente colectivo, del cosmos, de la divinidad o de la propia mente.
 
Les habla de la profilaxis del sueño, de su importancia en la salud mental y física, de su misterio insondable y fascinante, que no debemos evadir, sino afrontar. Mientras les habla los conduce a un largo corredor en el segundo piso, con puertas blancas numeradas: son los cubículos, el de ella es el número 7 y el de Édgar el número 9.
 
—Hasta mañana –les dice el director.
—Hasta mañana –dice ella.
—Hasta mañana –dice Édgar.
 
Ella entra a su cubículo y se acuesta feliz en la blanca y cómoda cama que ocupa casi la mitad del espacio, y se duerme rápidamente, vestida. Édgar entra a su cubículo aprensivo, ronda arrepentido en el pequeño espacio disponible y al final se resigna a dormir casi en pánico. Su cuerpo grita de cansancio, su cerebro suplica por sueño, sus ojos rojos y secos se cierran por fin. Desde el corredor alguien apaga las luces: todo es oscuridad y silencio.
 
Ella siente que flota, que vuela lentamente hacia la puerta y la traspasa. En el corredor ve flotar a algunas personas extrañas, un perro rosado, un arlequín, un caballo de tiovivo. Se siente empujada hacia la puerta con el número 9 y penetra dentro del cubículo de Édgar.
 
Édgar presiente, dentro de su estado preonírico, que ella está suspendida al otro lado de su puerta. De alguna forma, con un ojo no físico, ve que ella atraviesa la puerta, flota dentro de su cubículo y se alarga como un huso hacia el centro de su pecho, lo horada, lo traspasa, ¡está dentro de él!
 
Inmediatamente Édgar inicia su sueño habitual: en un paisaje de verdes colinas ondulantes está de pie, inerme, y el hombre que lo acecha le observa desde algún lugar oculto. Pero esta vez Édgar no está solo: a su lado está ella, de forma inexplicable se ha introducido en su sueño. El asesino aparece en un punto intermedio a su derecha y viene por su vida, inexorablemente. Pero algo extraño sucede: ella grita, solloza, “es el amor de mi vida”, se interpone entre Édgar y su némesis, abraza al asesino; éste la mira, la acoge, le sonríe, se olvida de Édgar. Entonces todo empieza a girar, las colinas verdes se curvan sobre sí mismas, ella y el desconocido se funden, el yin y el yang juntos, el agua y el fuego, el cielo y la tierra. Todo gira y gira, se desintegra. Édgar intenta despertar, ¡DEBE DESPERTAR!, pero su cuerpo no responde a las órdenes de su cerebro, sus párpados pesan como lápidas, se retuerce, intenta gritar, pedir auxilio, grita, grita sin boca y sin sonido.
 
Al amanecer los enfermeros encuentran el cubículo número 7 extrañamente vacío, cerrado con llave por fuera, y en el cubículo número 9 a Édgar, retorcido entre las cobijas, con la boca muy abierta y una pequeña herida en medio de su pecho.
 
Por Graciela Di Dio Castagna de Rippe
Taller de Creación Literaria
Centro Cultural Biblioteca Julio Mario Santo Domingo
 
Biografía:  Nació en un lluvioso noviembre del año 1957 en Bogotá. Pertenece a la generación de mujeres colombianas nacidas en la mitad del siglo pasado, quienes desempeñaron como pioneras el rol de "mujeres maravilla", profesionales, amas de casa, esposas y mamás, y todo "a la perfección", hasta el absurdo. También pertenece a la generación de hijos de inmigrantes italianos sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial, que llegaron a trabajar a "la América" y a recrear su mundo, perdido allá en Europa. Abogada egresada de la Universidad de Los Andes, trabajó durante muchos años en entidades privadas y públicas. Gracias a la literatura sobrevivió al mundo del Derecho y actualmente tiene el tiempo suficiente para dedicarse por completo a sus amados libros.
 
Imagen tomada de: http://www.elpais.com/articulo/sociedad/crisis/cuela/suenos/pesadillas/elpepisoc/20081212elpepisoc_1/Tes

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