海辺のカフカ

Sucede algo en este mundo conectado por fibras y circuitos que no ocurría antes, o tal vez no teníamos forma de constatarlo. Hoy podemos hablar de fenómenos literarios a nivel mundial y de la simultaneidad en las lecturas. El escritor Haruki Murakami es un punto en común entre lectores diversos y distantes entre sí. Su obra literaria ha sido traducida ampliamente y me pregunto entonces, ¿por qué este escritor de culto en Japón se está leyendo con avidez alrededor del mundo, en este preciso instante, convirtiéndose en un hit en ventas? No tengo la respuesta, pero de seguro no es por una visión romántica del Japón con kimono, ni por las críticas al capitalismo. Por el contrario, este autor cierra en su narrativa las rendijas entre el mundo oriental y el mundo occidental, y lleva a sus lectores a un plano netamente literario.
 
El inicio de Kafka en la orilla atrapa de inmediato. La primera escena de la novela nos sitúa en la intimidad de la mente y el sentir de un quinceañero, sentado en el despacho del padre y hablando consigo mismo como si hubiera otra persona en esa soledad enorme que lo circunda. Atravesado por los silencios, Kafka Tamura ha decidido irse de la casa en su cumpleaños y dejarlo todo atrás. Este personaje adolescente que nos recuerda a Holden (protagonista de El guardián entre el centeno) se va en la búsqueda de sentidos que le permitan llenar los vacíos en su vida. Su historia se narra en paralelo a la del Señor Nakata, personaje fascinante y elemental; un hombre mayor cuya característica más notable es su habilidad de dialogar extensamente con gatos, en contraposición a la enorme dificultad que tiene para entablar conversación con otras personas, ya que se sabe tonto. Este par de personajes arrastran la historia, ambos desbordados en su aislamiento: uno desde la decisión tajante de no mostrarse al mundo, y el otro desde la imposibilidad de no poder ser más de lo que es. Dos voces, dos polos opuestos y dos puntos distantes que la narración va atrayendo. El primero buscando escondite, refugio y omisión en las bibliotecas, sumergido en lecturas interminables; el segundo sin saber leer, vacío de información, pero diestro en el uso de otros lenguajes, ¿acaso mágicos?
 
El desarrollo de este par de historias parece llevarnos irremediablemente a un punto de colisión, durante el que aparecen y acompañan otros personajes entrañables: Oshima, Sakura, Miss Saeki y Hoshino, ambiguos, hondos, profundos; personajes que superan toda experiencia. Entre ellos se impactan y alteran, se transforman para tomarse y dejarse ir. El velo que los contiene vuela entre lo onírico y lo cotidiano, permite que la fantasía se conjugue con la realidad sin romperla, apenas atravesándola por instantes sin lograr perturbarla del todo, simplemente sucediendo y dejando de suceder en la intermitencia de un On/Off que no es usual.
 
Murakami siembra con disimulo un camino de pistas que se descubre sólo con el pasar de las páginas, como una estela que ha estado siempre presente. Así, el lector profundiza en una narración que abre un sinfín de posibilidades laberínticas que se intensifican gradualmente. Entonces Kafka despierta cerca a un sepulcro con las manos ensangrentadas, mientras una pintura anónima completa un trozo de la fantasmagórica visión de una niña enamorada, y Nakata rompe sus límites.
 
Al parecer, una segunda lectura de esta novela sería el mejor modo para desentrañar su estructura, porque este libro abre constantemente preguntas y saca a la luz las dudas, aludiendo al relato metafísico. Kafka en la orilla logra crear y sostener la sensación constante de que algo desagradable va a pasar, sin que en realidad se tenga la menor pista de lo que puede ser. En ese sentido, se explica a sí misma con la metáfora del destino que parafraseo a continuación: percibido como una pequeña tormenta de arena que cambia continuamente de dirección, el destino nos persigue y se ajusta azaroso a pesar de que intentemos evitarlo, la tormenta nos obliga a cerrar los ojos para proteger la vista, a taparnos los oídos para que no nos penetre su polvo y atravesarla así, paso a paso, desorientados, sin tiempo y sin luz. Quien nos somete a esta danza con la muerte es uno, no otro, es mi yo violento, abstracto y simbólico... un yo que nunca será el mismo.
 
Por Paula Castellanos Cuervo
Promotora lectura y escritura
Biblioteca Pública Virgilio Barco
 
Haruki, Murakami. (2008). Kakfa en la orilla. México: Tusquets.
 
A-N MURK (Biblioteca Pública Parque El Tunal)
 
Imagen tomada de: http://abrokenbinding.blogspot.com/2011/07/kafka-on-shore-murakami-madness.html

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