Efecto Polaroid

Es la hora crepuscular. Desde mi auto, la gente se ve apresurada, caminan como en una cierta e invisible competencia maratónica. En sus rostros lánguidos se refleja una jornada más de trabajo. Casa, trabajo, salir con la familia los festivos. Sentarse en el sillón. Prender la TV., hasta que el sueño anuncie la hora. Levantarse, trabajar, y así en un ciclo infinito. Este ritual lo he intentado, pero dos divorcios en cinco años concluyeron que no pertenezco a ese mundo. Por esto he optado por trabajar de noche. Los que habitamos en la oscuridad de la noche, somos los desarraigados de esa vida, condenados al libre albedrío de sexo sudor y lágrimas que nos ofrece el desenfreno que trae consigo.

Mi trabajo maneja cierta estética que para algunos resulta aberrante. Fotografiar a los muertos nos es un trabajo que uno pueda contar tranquilamente en reuniones de almuerzo, pero intento capturar algo de misticismo artístico en lo que hago. Les invento nombres, historias de sus poses post-mortem. Mi alimento es, de alguna manera, lo que la violencia regurgita. No tengo ningún problema con las imágenes que constantemente invaden mi cerebro. De todas maneras duermo poco, y no hay problema que una buena copa del buen Johnnie Walker no remedie. Luego de mi trabajo, los editores de la crónica roja se encargan del resto. Comienza a llover con lentitud.

El radio de mi auto está conectado a la frecuencia de la policía. Es por esto que a veces llego temprano a la escena. Eso depende del tráfico vehicular. Como regla, siempre traigo conmigo las herramientas propias de mi trabajo. Un buen juego de llaves, ganzúas y demás elementos para abrir puertas y candados, una buena cámara fotográfica, dos memorias digitales, y por supuesto, mis cigarros. La radio anuncia la hora y el lugar como una cita a ciegas. Esta vez, por la descripción de la víctima y el móvil, infiero que es una mujer. Quinto piso. Un hotel. Nadie ha entrado. Es cerca. En marcha.

A esta la voy a llamar Helena. La observo desde el rellano de la puerta. Es hermosa. Verla ahí, tendida, cubierta de sangre y sin la rigidez que estoy acostumbrado a ver me conmueve. La cerradura no ha sido forzada. Reviso la habitación, no hay ninguna señal de violencia. Esto indica que el victimario es cercano a ella. Todo en la suite está puesto en su sitio. La policía no ha llegado. Pongo el cerrojo para que nadie nos moleste y comienzo a disfrutarla. Me inclino para observar al gato lamer la sangre de su dueña. Saco la cámara. Este ángulo es perfecto. Flash. Primera foto. Flash. Segunda foto. Su muerte me seduce.

A lo lejos escucho el sonido característico y desordenado de las sirenas. Están cerca, pero aún hay tiempo. Intento dar con la causa de la muerte, pero es difícil detectar de donde proviene el hilo carmín que emana de ella. No me atrevo a mover el cuerpo para no contaminar la escena. Recorro toda la habitación. La sala de estar. La ventana es grande, buena vista, y no es difícil llegar a la escalera de incendios desde aquí. En efecto, esta debió ser la ruta de escape. Me devuelvo. El reloj de pared marca la hora imprecisa. Pudo haber sido la hora de su muerte. Yo habría detenido el reloj intencionadamente. Sería una sutil e inteligente pista. Falta el cuchillo de la carne. Los objetos puestos alrededor, son síntomas de una mujer solitaria. No hay señales de lo que puede ser el arma homicida.

Me devuelvo, distraído hacia donde está tendida, pero no está. Sólo noto, asombrado, una mancha de sangre en el piso. La policía ha llegado al hotel. No sé qué hacer. El miedo me consume. Paralizado por lo que mis ojos no ven, trato de hallarla. Al darme vuelta, la encuentro sentada en el marco de la ventana. El gato ronronea a sus pies. entre pulgar e índice el cuchillo se mueve como una suerte de péndulo. Alerta mi presencia inmóvil por el estupor. ¿Pero, eres tú? ¡Imposible! ¡No, no no puede ser…! Escucho el traquetear de las escaleras y algunos gritos. ¡Mierda!, Se acerca lenta, felina. La enfoco. Flash tercera foto. Se abalanza sobre mí y acto seguido, siento que desgarra mi cuello. Arde. La cámara cae a un rincón. De mi cuerpo sale, en todas direcciones la sangre que tanto ella apetece. Me deja caer en una posición ridícula. Escucho un andar intranquilo sobre el pasillo. Ha llegado la policía. Golpean la puerta con violencia pero no entran todavía. Su mirada vacía se desvía, y en un instante, apenas perceptible, se arroja por la ventana. Antes de perder la conciencia logro ver como la puerta es tirada de golpe. El cuarto se llena de policías. No siento nada, cierro los ojos. Y en el aire de la habitación, un hálito de flores silvestres recién cortadas.

Andrés Felipe Sanabria Molina
Promotor de lectura y escritura
Biblioteca Pública Parque El Tunal

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