Cuerda de palabras

Se publicarán textos de buena calidad de los participantes de los cafés literarios y de los talleres de creación. Así, se promoverá la escritura en los usuarios de las bibliotecas y se podrá mostrar los resultados del trabajo realizado en cada taller.

El amor después de la muerte

Esta historia trata de una madre entregada a sus hijos, siempre estaba pendiente de ellos, de su ropa, alimentación, salud y estabilidad, les daba tanto amor, no permitía nada malo con ellos, siempre los llevaba al colegio y para todos lados.

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Continuidad de los parques (Minificción)

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles.

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Fragmento de Gabo en mi memoria

A finales del año pasado, se publicó en Bogotá el libro Gabo en mi memoria escrito por el poeta colombiano José Luis Díaz-Granados, el cual reúne distintos apartes y experiencias del autor con el Nobel de literatura. Compartimos con ustedes un fragmento del libro (cedido por el autor), que alude a una conversación en la Habana.

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Nuestra casa

A todos nos inquieta en algún momento de nuestras vidas —a otros los atormenta toda su existencia— la pregunta por la identidad. Una nación, un pueblo, una casa. ¿De dónde venimos y de dónde viene todo aquello que hemos de vivir? ¿Acaso las fronteras imaginarias son el último límite de la identidad de los hombres en el mundo o es acaso aquella cuna y aquellos brazos que nos mecieron quienes cargan con la semilla de nuestro destino? Ahora que contamos con la certeza de que ya no está un hombre que compartió mucho de lo que nosotros vivimos, porque nació en el mismo país que nosotros, pero que asume ahora la más incuestionable de las presencias: la eternidad, tenemos por fin una respuesta a la caprichosa pregunta sobre nuestra identidad.

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La voz de Macondo

El 10 de diciembre de 1982 en una Suecia festiva, a pesar del frío, Gabriel García Márquez hizo uno de los más emotivos brindis dedicados a la poesía, “la única prueba concreta de la existencia del hombre”. Prueba que cualquiera reconoce a simple vista desde hace centurias pero que muy pocos han podido definir.

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Explicaciones no pedidas

Del libro Explicaciones no pedidas (2011)*

Las cicatrices

No hay cicatriz, por brutal que parezca,
que no encierre belleza.
Una historia puntual se cuenta en ella,
algún dolor. Pero también su fin.
Las cicatrices, pues, son las costuras
de la memoria,
un remate imperfecto que nos sana
dañándonos. La forma
que el tiempo encuentra
de que nunca olvidemos las heridas.

Autor: 
Explicaciones-no-pedidas
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Esperaba sucediera algo

Estaba parado sobre el andén, percibiendo los ruidos frenéticos de la avenida, donde veía transitar los carros veloces que pasaban como oleadas levantando polvo y papeles, mareándome. Sentí fatiga pensando qué hacer ahora. Miré hacia los cerros y me imaginé caminando ansioso entre el apretado bosque de niebla, asomándome a los abismos de los acantilados, pensando cómo la vida se me abría en otro abismo insondable sin saber qué hacer ni a dónde ir. Sentí que si caminaba desfallecería y me atacaría un vértigo. Me apoyé en un poste. La gente, que en ese momento pasaba de prisa, me miró y siguió presurosa a su jornada, a su diligencia, a su trabajo pensé.

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El encuentro

Si el alcalde se enteró por los rumores o simplemente lo descubrió, nunca se supo. El hecho es que el odontólogo apareció muerto de un tiro. La noticia corrió como reguero de pólvora por el pueblo. Había un muerto, el odontólogo; había un vengador celoso, el alcalde.

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Mi gran debut

“No joda, estos rolos van a quedar fríos cuando me vean”, decía Kocho mirándose al espejo con su increíble pinta: pantalón blanco impecable y planchado con la línea central perfectamente marcada, camisa guayabera adornada con enormes flores de colores muy vistosos, zapatos y medias blancas, chaqueta de cuerina amarillo encendido y en el pecho una vistosa cadena de oro golfi con una medalla de la Virgen del Carmen. El pelo lo llevaba peinado hacia atrás, pero como lo tenía un poco largo y su economía no le había dado para un buen corte, se lo engominó con agua de panela como había escuchado que la gente hacía; le pareció una buena solución aunque él mismo pensó que se le había ido la mano en cantidad, pues de movilidad más bien cero. Como no tenía loción se aplicó un montón de “Menticol”, que para él era lo mismo.

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El precipicio

¿Te imaginas? Allá en una orilla al final del mundo, mirando el precipicio con un poco de ansiedad y éxtasis, preguntándote qué hay en el fondo, en el abismo que puedes ver bajo tus pies, mientras sopla fuertemente el viento, el viento que arrastra el polvo y las hojas de desiertos desolados y vacíos en el alma, donde puedes morir en cualquier momento de sed, sed de amor, sed de vida, sed de él. Ha llegado el momento, estoy caminando con los ojos tapados por una venda imaginaria.

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