María Emma Guerrero

El sol de los venados

La habitación tiene una ventana que da a la calle. Escucho caballos afuera, llegan a la pensión tal vez siete u ocho jinetes. La encargada ha cesado de dar su ronda en el corredor. Le contemplo, duerme tranquilo. Hace un par de días que llegó al pueblo. Vestía unos pantalones perfectamente planchados, camisa blanca y botas negras. Ya casi era mediodía y el sol estaba posado justo sobre la plaza.

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