Cuento

Tríptico infamatorio

Hace unos años el pintor y escultor suizo H. R. Giger hacía una apología del incesto y de la zoofilia al polemizar de la siguiente manera: “¿Por qué no podemos hacer lo que queramos con nuestros animales e hijos?”.

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El lugar equivocado

Antes de entrar al taller de literatura me encerré en el baño de la biblioteca y comencé a orinar. Yo escuchaba el chorrito golpeando contra el agua de la taza, pero los dos hombres de afuera no escuchaban nada mientras miraban sus peinados en el espejo. Fue como si por un fragmento de segundo ellos me prestaran sus oídos para escuchar cómo no orinaba. Y no sólo que estos sujetos no escucharan.

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Aún nos queda Astrid

Nunca antes fue tan perturbador para él evacuar su orina como ahora; parado frente a aquel orinal impersonal y repulsivo al que tuvo que entrar por un punzante malestar que ceñía los ojales de sus esfínteres, con la frente perlada de un sudor cáustico que sentía despellejar la piel surcada de su rostro, con una mano sujetando el deslizador de la cremallera para que no bajase e interrumpiera el ejercicio y con la otra sosteniendo el pañuelo percudido con el que enjugaba el sudor de su frente.

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